miércoles, 29 de julio de 2015

¡Exigimos justicia!



La voz de Yelka Ramírez se escuchó en los juzgados de Managua y se escucha en los medios de comunicación y en las redes sociales.

Es imposible no conmoverse frente a la entereza y el dolor de una mujer que clama por justicia frente al asesinato de sus hijos  José Efraín de 12 años y Aura Marina de once y de su hermana Katherine; a las heridas de su sobrina Myriam Natasha, de cinco años, ahora huérfana, debatiéndose  entre la vida y la muerte y las lesiones y traumas de Milton, su otro hijo, todos víctimas de un emboscada de aniquilamiento que fuerzas especiales de la Policía Nacional tenía montada en el sector de Las Jagüitas, en Managua.

Su demanda es sencilla: quiere justicia, ¡exige justicia!  Es lo que cualquiera haría en su lugar. 

Ella exige a la fiscal del caso que actúe como lo manda la ley, que investigue, que acuse a los culpables por el delito cometido, que busque su condena, que no oculte dolosamente lo que sucedió, que no actúe oficiosamente a favor de los acusados.  ¿Será mucho pedir que la Fiscalía cumpla con su trabajo?

Exige que la Policía Nacional cumpla con la palabra empeñada por su jefa "de facto" la noche del crimen.  ¿Será mucho pedir que la Policía presente el informe público de las investigaciones realizadas y la verdadera lista de los 20 participantes?  ¿Es mucho pedir que la Policía explique como redujo el número de 20 a 9 culpables?

Yelka Ramírez exige que la jueza haga cumplir las leyes.  Eso es todo.  ¿Será mucho pedir que la jueza no actúe como maestra de ceremonias de un burdo montaje que burla la justicia?

Cuando tres instituciones se juntan para conspirar contra una familia humilde que demanda justicia, algo grave está sucediendo en Nicaragua. 

Algo grave estaba pasando esa noche en el camino de Las Jagüitas, tanto que tres instituciones, sus jefes y responsables, los medios de comunicación oficialistas y demás, se han alineado para tratar de taparlo.   Ellos solamente harían eso, si desde arriba, desde la cúpula del poder, desde la boca del propio Ortega ha salido la orden de acallar lo más rápidamente posible todo, garantizando impunidad a los acusados.

Yelka Ramírez no se engaña cuando ha dicho que lo que sucede en los juzgados de Managua es una payasada.  Ella conoce el desenlace de la puesta en escena: los acusados serán tratados como si fuesen responsables de un accidente de tránsito en una noche de lluvia.

Los mandos policiales podrán creer que saldrán limpios de este caso.  La fiscal y la jueza podrán haber pagado los favores recibidos por el poder.  Pero, en la consciencia de cada nicaragüense honesto está viva la demanda de justicia y la convicción que este régimen ha llegado demasiado lejos, que debemos hacer todo a nuestro alcance para que la justicia pueda ser una realidad cotidiana en Nicaragua.